Posted by Venceremos on May 3, 2020

ENTRE EL CORONAVIRUS Y LA DEBACLE SOCIAL: LA OPORTUNIDAD PARA UN PARADIGMA PROGRESISTA

Sigfrido Reyes

Ex Pdte. de la Asamblea Legislativa de El Salvador por el FMLN

 Perseguido Político por el Estado salvadoreño.

 

  1. INTRODUCCIÓN.

Vivimos una auténtica crisis civilizatoria. Lo que empezó como una emergencia sanitaria,  ocasionada por un misterioso virus, en una poco conocida pero muy poblada ciudad del interior de China, aceleradamente ha venido cobrando la forma de una crisis de dimensiones múltiples y de gran escala. Los científicos bautizaron la enfermedad generada por el virus como COVID-19. Semanas después la Organización Mundial de la Salud la declaró oficialmente como una pandemia. Los acontecimientos que la acompañan evidencian que no se trata sólo de la salud de las personas, sino de una crisis que impacta a la humanidad en su conjunto, trastocando la economía local y global, las relaciones sociales, las modalidades del trabajo, las formas de producción, distribución y consumo, la gestión de las políticas fiscales, comerciales  y monetarias, la vivencia en democracia, las migraciones, el turismo, la cultura y muchas otras actividades humanas. En fin, es un fenómeno que está ya reconfigurando la manera de vivir de la mayoría de los habitantes del planeta, de manera dramática y acelerada. Es, como lo señala Ignacio Ramonet, un “hecho social total”, en el sentido que conmociona el conjunto de las relaciones sociales y la totalidad de los actores, de las instituciones y de los valores[i].

Porque se trata de un fenómeno que se propaga con una velocidad inaudita, rebasando los pronósticos de especialistas epidemiólogos y salubristas. Si hace un par de semanas la cantidad de personas contagiadas por el coronavirus llegaba al millón y medio en todo el mundo, y las víctimas mortales se acercaban a los 150 mil, al momento de redactar estas notas esas cifran superan los 3.2 millones y los 230 mil, respectivamente. Cuando en los siglos XVI y XVII los europeos llevaron al continente americano y a otras latitudes enfermedades como la viruela, el sarampión, la sífilis, la tuberculosis y muchas más enfermedades infectocontagiosas, incluyendo enfermedades respiratorias, pasaron probablemente meses y hasta años en que se propagaran entre los pueblos originarios, causando estragos sin precedentes en millones de seres humanos desprotegidos. Hoy en día, con la multiplicación de los contactos y la velocidad de los medios de transporte, un virus o una bacteria infecciosa puede trasladarse en prácticamente 24 horas de un punto del globo a otro diametralmente opuesto.

 

  1. RASGOS DE LA PANDEMIA E IMPACTOS GLOBALES.

Excepto 9 países, en su mayoría insulares,  la extensión de la pandemia es, por definición, global. Afecta a países ricos y pobres, al Norte y al Sur del planeta, con climas templados o cálidos, y con diferentes niveles de densidad poblacional. El COVID 19 no respeta fronteras, ni geográficas, ni políticas, ni ideológicas. Se propaga por contactos y/o acercamientos humanos, en una sucesión que parece no tener fin, si se le deja sin control. Y aún así, los controles impuestos por las autoridades sanitarias pueden resultar frágiles, por las insuficiencias que el conocimiento científico todavía tiene sobre la naturaleza y evolución del virus.

Por lo mismo, la situación se distingue, entre otras características, por su fluidez y su incertidumbre. Todavía no se puede establecer con un nivel riguroso de precisión hasta dónde llegara el impacto de la pandemia en la salud de las personas, a cuántas vidas se llevará, qué secuelas dejará en las naciones y sus sistemas de salud, mientras se ensayan diversas estrategias sanitarias y terapias clínicas para atenuar y, eventualmente, derrotar al temible virus. Igual o más incierto es el nivel de los impactos que el fenómeno está causando y causará en las próximas semanas y meses en las economías y en las sociedades. Los gobiernos, los organismos internacionales, la comunidad científica y otros entes  especializados, hacen esfuerzos enormes para cuantificar la profundidad y el alcance de los impactos, en el empleo, en el crecimiento económico, en la fiscalidad, en el bienestar social, en la pobreza y la desigualdad.

Todas son cifras revisables, en constante actualización, debido a la fluidez de la crisis. La Organización Internacional del Trabajo calcula ya que la pérdida de empleos a tiempo completo a nivel global equivaldría a unos 305 millones, además de afectar severamente a 1,600 millones de trabajadores de la economía informal[ii]. El Programa Mundial de Alimentos  pronostica que la cantidad de seres humanos que sufren hambre severa crecerá en 235 millones en el 2020,  130 millones de ellos sólo por efecto de la pandemia[iii]. El  FMI[iv] estima la caída del Producto Bruto Global en un  3.0 %. Por otro lado el Banco Mundial advierte de una cantidad entre 40 a 60 millones de personas cayendo en extrema pobreza[v]. La Organización Mundial del Comercio  calcula una contracción del comercio internacional en un 13 %, como mínimo[vi]. En general, existe coincidencia que desde la Gran Depresión de inicios de la década de los 30´s en el siglo pasado, la Humanidad no había experimentado semejante shock. La crisis de la economía mundial del 2008-2009 ciertamente fue de gran impacto, pero se originó fundamentalmente en la esfera financiera de la economía y se logró superar en relativamente poco tiempo. En esta ocasión la contracción se manifiesta en la llamada economía real, en la producción (oferta) y el consumo (demanda), por lo cual las medidas de reactivación deberán ir necesariamente más allá de los rescates bancarios y las políticas monetarias expansivas.

Si la situación a nivel global ya es grave y sin precedentes, los escenarios que se vislumbran para la mayoría de países en desarrollo son aún más sombríos, dada la fragilidad de sus aparatos productivos y  la precariedad de sus finanzas públicas y sus sistemas de salud y protección social. A inicios del 2020 el FMI auguraba un crecimiento positivo en el ingreso per cápita para 160 de estos países. Un estimado más reciente adelanta que 170 de esos países experimentarán un retroceso en el ingreso per cápita, a consecuencia de la pandemia. Si bien el FMI reaccionó con celeridad abriendo una línea especial de crédito para esos países por un monto de $50 mil millones, sus mismos datos anticipan que en apenas dos meses la fuga de capitales de los países de América Latina, África y parte de Asia alcanza ya los $100 mil millones, superando en tres veces los niveles de la crisis financiera de 2008-2009[vii]

Por todo ello y otras razones hay que enfrentar la realidad: estamos ante una crisis de civilización, un auténtico cambio de época, que redefinirá las reglas de juego de aquí en adelante, en todas las esferas de la vida humana, tanto a nivel individual, familiar, comunitario, nacional y global. Las transiciones civilizatorias suelen asociarse a grandes revoluciones sociales y técnico-científicas, o a trascendentales descubrimientos geográficos. Igual impacto producen los grandes cataclismos humanitarios, como las pandemias, o políticos, como las guerras, ya que pueden generar cruciales movimientos en las capas tectónicas de la Humanidad. Aunque la Peste Negra que azotó al Mundo Euroasiático de la Edad Media fue hace 7 siglos[viii], todavía se le recuerda en circunstancias como las actuales. La llamada Gripe Española, que se estima causó al menos 50 millones de muertes entre 1918 y 1920, tuvo, al contrario, un escaso impacto en términos de cambio de época, seguramente porque el mundo venía saliendo de la espantosa tragedia de la Primera Guerra Mundial, que ocasionó sólo entre las filas militares alrededor de 10 millones de muertes[ix], pero que terminó dejando una marca mayor que la pandemia de esa época.

La crisis de civilización que enfrentamos nos obliga, sobre la marcha, a revisar, a repensar, y al mismo tiempo a actuar. Hay que  tener como horizonte inmediato la contención de la crisis humanitaria y de salud pública, pero poniendo al mismo tiempo luces altas para encontrar la combinación acertada de políticas públicas y conductas personales y sociales que  nos permitan evitar el colapso de las sociedades modernas. Y es que entre todas las cosas que está dejando a la luz esta pandemia hay una que resulta evidente: el paradigma neoliberal para conducir la economía y la vida de la sociedad, definitivamente ha fracasado. Igual que la pandemia del COVID-19, el fracaso es de escala planetaria. La propuesta neoliberal, llevada en muchos países a grado de religión, que profetizaba que los mercados iban finalmente a colmar de progreso y bienestar a las grandes mayorías de la Humanidad, ha demostrado sus fallas intrínsecas.

El ejemplo de los sistemas de salud en muchos países es demostración de lo anterior. La disminución sostenida en el gasto público en salud en varios países, incluyendo algunos miembros del G20, ha dejado sistemas de salud cada vez más endebles, con escasez de recursos humanos calificados, de equipos y de infraestructura. En Italia, uno de los países ricos más golpeados por la pandemia,  el número de camas hospitalarias se redujo en 70 mil en los últimos diez años. El país más poderoso de la Tierra, Estados Unidos, evidenció que no cuenta con un sistema de salud pública que se le pueda llamar como tal, en términos de institucionalidad, políticas nacionales, presupuesto gubernamental, infraestructura sanitaria y universalidad de cobertura. En contrapartida, en el sistema de salud privado estadounidense un chequeo completo para descartar contagio de coronavirus puede alcanzar la desorbitante suma de $35 mil[x].  En otros casos, en países que recientemente vivieron procesos de cambio social y político progresistas, el retorno de las recetas neoliberales ha causado en poco tiempo enormes estragos en los sistemas de salud.

La desolación económica asociada a la crisis sanitaria refuerza la tendencia a dar el adiós al dogma neoliberal. Como en toda crisis la mirada de las empresas, incluyendo las grandes corporaciones, se vuelve hacia los Estados, en demanda de subsidios, créditos blandos, donaciones, cierre de fronteras a importaciones, suspensión de pagos, etc. Aquí no hay pudor en exigir apoyos gubernamentales, cuando la prédica habitual de los grupos de poder económico en las décadas recientes ha sido que el Estado saque sus manos de la economía y deje simplemente hacer negocios, sin regulaciones ni límites. Todo eso parece estar cambiando. En países como Alemania, considerado como el “halcón” de las políticas económicas conservadoras en la Unión Europea, se afirma que en el seno del Gobierno de la señora Angela Merkel se ha llegado a discutir la eventualidad de una “propiedad gubernamental parcial o una nacionalización efectiva, de muchas empresas, como las aerolíneas”[xi].

Las crisis, sobre todo las de gran magnitud, revelan casi de inmediato la capacidad de los liderazgos políticos para gestionarlas, poniendo además en evidencia la firmeza o la ausencia de convicciones democráticas en quienes dirigen los Gobiernos. Pocas semanas han bastado para ser testigos de 2 formas abiertamente opuestas en cuanto a la importancia que los gobernantes asignan a los valores democráticos, los derechos humanos, el Estado de Derecho y las libertades públicas. Por un lado, vemos casos como Argentina o Costa Rica, donde al tiempo que se contienen exitosamente las consecuencias nefastas del COVID-19, se mantiene un estricto celo por apegar todas las actuaciones del Estado a los preceptos de las leyes. Incluso países sitiados como Venezuela, Cuba o Nicaragua, con severas limitaciones económicas para adquirir equipo, material sanitario y medicamentos, desafiando grotescas amenazas militares, enfrentan la pandemia con éxito, sin descuidar el bienestar de la población e implementando medidas solidarias, preventivas y educativas. En el otro extremo, gobernantes de países como Bolivia y El Salvador, implementan verdaderos estados de terror, exacerbando el pánico, arrasando con derechos humanos básicos, quebrantando el orden constitucional y priorizando un enfoque militar y policial al manejo una la crisis de salud pública, todo como parte de una estrategia preconcebida de concentración de poder político.  En medio de ambos extremos podemos ver también casos de la más absoluta negligencia, como el de Bolsonaro en Brasil y Moreno en Ecuador, que prácticamente han abandonado a sus pueblos, dejándolos a la deriva en medio de la pandemia.

En un plano más global podemos registrar cómo la evolución de la crisis está llevando al mundo a escenarios inesperados, que entrañan una reconfiguración de la geopolítica mundial. El severo golpe que presupone la pandemia para la mayor parte de las economías, tanto desarrolladas como en vías de serlo, trastoca el reparto de poder que sobrevino tras el colapso de la Unión Soviética. La Unión Europea, Japón y los Estados Unidos van a tener que hacer extraordinarios esfuerzos para preservar sus posiciones, exigidos a dar prioridad a la recomposición de sus golpeados aparatos económicos y sus sistemas de salud. Por otro lado, China, Ia India y otras pocas economías asiáticas serán las únicas que, aunque modestamente, crecerán este año 2020. China ha tenido la capacidad de resarcirse del golpe del COVID-19 y casi de inmediato salir al auxilio del resto del mundo. En lo que sería una evocación de la frase de Eduardo Galeano, de que vivimos en “un mundo al revés”, se han visto escenas de gigantescos aviones chinos y rusos aterrizando en aeropuertos de Estados Unidos, Italia, Francia y otros países ricos, llevando la tan ansiada ayuda humanitaria para combatir la pandemia. No se puede dejar de resaltar, en este contexto, la épica labor de las brigadas médicas cubanas repartidas en varios continentes, incluyendo Europa, ayudando a enfrentar la crisis sanitaria. Con todo, en plena campaña electoral en Estados Unidos, expuestos a la terrible realidad de ser el país con más cantidad de víctimas del coronavirus en el Planeta, surgen allí voces que intentan descargar la responsabilidad del caos en China, en la OMS, en los migrantes, y en cualquier otro chivo expiatorio.

 

  • ACERCAMIENTOS A ESCENARIOS FUTUROS: LA CONSTRUCCIÓN DE UN PARADIGMA PROGRESISTA

En medio de todo, todavía con un panorama todavía confuso y alarmante, y admitiendo que no se cuenta con una bola de cristal para predecir el futuro, debe haber espacio para el optimismo. En varios países, no solamente China, Corea, Vietnam y otros que han logrado la contención estratégica del virus, empiezan a verse señales de reanimación de la vida social y productiva. Una “desescalada”, cuidadosamente planificada, le llaman en España, Francia, Italia, Alemania, Dinamarca, Nueva Zelandia y otros países, planes que incluso abarcan a varios Estados de la Unión Americana.  De manera lenta, gradual y progresiva,   la actividad humana deberá tender a normalizarse. Entre otras cosas porque existe una necesidad vital de producir para poder subsistir, de brindar y recibir servicios esenciales, de convivir con nuestros semejantes, de educarnos y de participar de la vida social, cultural y política. Así mismo, la emergencia ha obligado a los países, a los poderosos y a algunos no tan poderosos, pero visionarios, a inyectar impresionantes cantidades de fondos frescos para la investigación científica y el desarrollo de respuestas eficaces y masivas para contener y, ultimadamente, frenar la pandemia.

Hay que situarnos en el hoy, pero ver hacia el mañana y el pasado mañana. Si el paradigma neoliberal ha terminado de mostrar sus límites en esta inesperada coyuntura global, que hasta ayer era sólo uno hipotético escenario en limitados círculos de especialistas y futurólogos, la salida a la crisis civilizatoria no puede ser más de lo mismo. Se le atribuye a Albert Einstein la frase: “Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando tener diferentes resultados”. De allí viene entontes la imperiosa necesidad de construir un nuevo paradigma, que le dé a la Humanidad nuevos horizontes y la prepare para futuros eventos, de igual o incluso mayor peligro que la actual pandemia, al tiempo que se concentra en resolver los gravísimos problemas que el modelo de desarrollo capitalista ha acarreado a la sociedad contemporánea: pobreza y extrema pobreza, hambre, desempleo crónico, crisis financieras y de sobreproducción, extrema inequidad, delincuencia y violencia, desigualdades de género, agotamiento y deterioro galopante de los recursos naturales,  cambio climático, guerras y otras calamidades sociales.

Un nuevo paradigma, de esencia progresista, debe sustentarse en valores humanistas, solidarios y democráticos. La superación de la crisis, no sólo de la emergencia sanitaria, sino particularmente de sus secuelas económicas y sociales, será complicada, prolongada y costosa. Los Gobiernos tendrán que realizar inyecciones financieras cuantiosas para apalancar sectores enteros de la economía y subsidiar a los hogares vulnerables. Los déficits fiscales van a crecer. Muchos países están ya recurriendo a mayores y significativas deudas, para evitar que las finanzas públicas colapsen, mientras adoptan medidas de alivio a la crisis. No obstante, estamos apenas en el inicio de lo que podría ser una prolongada recesión. Y las necesidades de financiamiento  pueden dispararse.

Y esta vez no puede repetirse la vieja receta, en la que los más pobres, las pequeñas y medianas empresas y los asalariados de bajos ingresos son los que terminan pagando la factura, sea a través de más impuestos indirectos o recortes a la inversión social. A la fecha varias docenas de países han optado por solicitar créditos de emergencia al FMI y han recibido respuesta positiva de su Directorio. Pero con la respuesta se anuncian condiciones que indican que la vieja ortodoxia fondomonetarista terminaría imponiéndose, y nuevamente el peso del salvataje económico recaería en los hombros de los más desfavorecidos.

Es hora de buscar opciones que se aparten de esa ortodoxia fracasada. Nuevamente se reaviva el debate sobre la renegociación o incluso la reducción significativa de la deuda externa de los países en vías de desarrollo altamente endeudados. Iniciativas como las adoptadas por el Presidente Alberto Fernández en Argentina, que combina moratoria de pagos, reducción de intereses y de capital adeudado, son opciones que deben estudiarse con seriedad. En esa misma línea está el debate que internacionalmente promueven líderes progresistas de América Latina y Europa como Rafael Correa, José Luis Rodríguez Zapatero y Dilma Rousseff, entre otros, que sostienen que “no podemos exigir a los países que hagan políticas efectivas en materia de salud pública para afrontar la actual pandemia y, al mismo tiempo, pretender que sigan cumpliendo con sus obligaciones de deuda; no podemos exigirles que implementen políticas económicas que compensen los daños de esta catástrofe a la par que deben seguir pagando a sus acreedores[xii]. Francia ha dado recientemente un paso ejemplar, al anunciar el perdón de la deuda de los países africanos. En paralelo están retomando fuerza las propuestas de eliminar los paraísos fiscales y establecer el impuesto a las transacciones financieras internacionales, planteado hace algunas décadas por el economista James Tobin. Si la crisis es tan profunda, radicales deben ser las soluciones.

El paradigma progresista debe incorporar nuevos enfoques, que trasciendan la actividad económica. La pandemia ha agudizado la vulnerabilidad de millones de niñas y mujeres, pues ha propiciado un escenario para mayores abusos contra las mismas, que en el confinamiento ven multiplicados los hechos de violencia de todo tipo contra su integridad, incluyendo violaciones y embarazos forzados. Por otro lado, la crisis ha evidenciado el liderazgo y la enorme capacidad de mujeres al frente de gobiernos e instituciones a cargo de combatir la pandemia. Pueden citarse los casos de Nueva Zelandia, Noruega, Finlandia y Alemania, para mencionar algunos. Un mundo post COVID-19 debe reforzar las políticas en favor de los derechos de las niñas y las mujeres y asegurar la eliminación de todo tipo de violencia y discriminación contra ellas.

Un par de meses sin la intensa actividad de producción, distribución y consumo de bienes y servicios, la disminución significativa del transporte urbano e internacional, más la reducción apreciable de distintas actividades sociales de carácter masivo, han significado paradójicamente un milagroso respiro para la naturaleza en casi todo el globo. Mares y ríos que vuelven a tener vida, especies animales que pierden el temor a incursionar en espacios urbanos,  notable reducción de la contaminación del aire en las grandes urbes, todos son signos de una regeneración de la naturaleza. En gran medida este “respiro” está asociado a la caída pronunciada en el consumo de energía fósil, como petróleo y sus derivados, que genera enormes emisiones de gases de efecto invernadero que van directamente a la atmosfera, con el consecuente impacto en la naturaleza, particularmente en los índices de contaminación y en el calentamiento global. Económicamente esto se ha traducido en una caída abismal de los precios del petróleo.  Un cambio hacia un paradigma progresista deberá implicar un giro sustancial en los patrones de consumo de la población del planeta, y necesariamente el paso a energías más limpias y sostenibles.

Aportar a un nuevo paradigma civilizatorio implica también para el mundo progresista y de izquierda proponer cambios sustanciales en el actual esquema de gobernanza global. Este sistema ha demostrado sus graves falencias a la hora de responder a una crisis de escala planetaria como la que vivimos. Las respuestas de la ONU y sus organismos especializados, además de otras organizaciones globales como el FMI, la OMC, el Banco Mundial y otras, han sido, como mínimo, lentas, insuficientes y descoordinadas. Algo semejante ha ocurrido con las entidades de integración regional o de cooperación económica, como la Unión Europea, el G-20 y el G-7. La recuperación de la economía mundial y poner a la Humanidad en una ruta de solucionar sus grandes desafíos exige planes y recursos de dimensión global, que sólo pueden obtenerse en una acción coordinada de los Estados, en un remozado sistema de relaciones internacionales, donde se consideren en primer plano los intereses de los países con mayores desventajas y se termine con las políticas de chantaje económico y amenazas militares. Los mismos Objetivos de Desarrollo Sostenible ODS, fijados por la ONU, se ven ahora seriamente comprometidos por las secuelas de esta pandemia. Los esfuerzos de la comunidad internacional, actuando bajo un espíritu de mayor cooperación, deberían encaminarse a estructurar un plan global de recuperación de la crisis, sacando lecciones de la experiencia que hoy se vive y preparándonos para el futuro.

  1. CONCLUSIÓN.

Sin lugar a dudas muchos otros elementos pueden incorporarse  una propuesta progresista para construir un nuevo paradigma de desarrollo de la humanidad. Está abierto el debate. La premisa de partida es reconocer que el patrón de crecimiento excluyente, consumo desbordado y depredación irresponsable, que ha impuesto el capitalismo salvaje, en el escenario de profundas desigualdades sociales y negación de derechos humanos a gigantescas cantidades de personas en todo el mundo, nos ha llevado a un extremo que pone en riesgo la civilización sobre el planeta Tierra. La pandemia del COVID-19 ha puesto en evidencia esas impresionantes vulnerabilidades. Pero estamos aún a tiempo de pensar, proponer y crear un mañana distinto y mejor para la humanidad.

 

 

 

 

 

 

[i] Ramonet, Ignacio. “La pandemia y el sistema-mundo”. https://www.jornada.com.mx/ultimas/mundo/2020/04/25/ante-lo-desconocido-la-pandemia-y-el-sistema-mundo-7878.html

[ii] Organización Internacional del Trabajo. “El Observatorio de la OIT: El COVID-19 y el mundo del trabajo – Tercera edición”. http://www.ilo.org/global/about-the-ilo/newsroom/news/WCMS_743056/lang–es/index.htm

[iii] Programa Mundial de Alimentos. “Declaración del Jefe del PMA ante el Consejo de Seguridad de la ONU”. https://es.wfp.org/noticias/jefe-del-wfp-advierte-sobre-una-pandemia-de-hambre-en-medio-de-la-propagacion-de-la-covid

 

[iv] ´Fondo  Monetario Internacional. “Informes de Perspectivas de la Economía Mundial Abril 2020”. https://www.imf.org/es/Publications/WEO/Issues/2020/04/14/weo-april-2020

[v] Grupo del Banco Mundial.  “The impact of COVID-19 (Coronavirus) on global poverty: Why Sub-Saharan Africa might be the region hardest hit”. https://blogs.worldbank.org/opendata/impact-covid-19-coronavirus-global-poverty-why-sub-saharan-africa-might-be-region-hardest

[vi] Organización Mundial de Comercio. “Director General Roberto Azevedo. Previsiones de la OMC sobre el comercio en 2020”. https://www.wto.org/spanish/news_s/spra_s/spra303_s.htm

[vii] Fondo Monetario Internacional. Kristalina Georgieva, Directora Gerente del FMI. “Afrontar la crisis: Prioridades para la economía mundial” https://www.imf.org/es/News/Articles/2020/04/07/sp040920-SMs2020-Curtain-Raiser

[viii] Virgili, Antoni. “La Peste Negra, la epidemia más mortífera”. https://historia.nationalgeographic.com.es/a/peste-negra-epidemia-mas-mortifera_6280

[ix] García Barcala, Jesús. “La Primera Guerra Mundial en cifras”. http://www.cienciahistorica.com/2014/09/09/la-primera-guerra-mundial-en-cifras/

[x] Time. Edición digital. https://time.com/5806312/coronavirus-treatment-cost/

[xi] The Conversation. Edición digital. “How Germany is managing its coronavirus epidemic, and reacting with disdain to Trump’s policies”.  https://theconversation.com/how-germany-is-managing-its-coronavirus-epidemic-and-reacting-with-disdain-to-trumps-policies-134758

[xii] Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica. “Es la hora de la condonación de la deuda para América Latina”.  https://www.celag.org/la-hora-de-la-condonacion-de-la-deuda-para-america-latina/

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